lunes, 23 de enero de 2012

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Un ultraconcervador  impresentable  quiere ser presidente

 el Tea Party cree haber encontrado al hombre que conjuga el auténtico conservadurismo con el don de la elegibilidad. La mayoría de quienes votaron por Gingrich lo hicieron considerando que era el mejor preparado para el combate contra Obama, según las encuestas a pie de urna.

extremistas extravagantes que acaban deshaciéndose al primer soplido. Se enfrenta a un político experimentado y fajado en quien las bases aprecian lo más importante que a él le falta: pasión y autenticidad. Gingrich puede tener más esqueletos en el armario de lo que nadie puede imaginar. Fue expulsado por violar las reglas del Congreso, ha hecho lobby para la entidad hipotecaria Freddie Mac, ha cambiado de religión, se ha casado tres veces y es un adúltero confeso. Por mencionar escándalos, hasta tiene qué explicar cómo es que ha gastado medio millón de dólares en joyas en Tiffany. Pero nada de eso parece importar porque lo que dice llega a la gente.
 tan imprevisible y heterodoxo como Gingrich. Éste cuenta hoy con el viento a su favor. El Tea Party también es muy poderoso en Florida —el último senador y el último gobernador elegidos en ese estado son de esa facción— y existe igualmente un considerable sector de voto religioso con el que el expresidente de la Cámara de Representantes, un reciente convertido al catolicismo, está demostrando una buena conexión.
El problema para Gingrich es, como todo lo que tiene que ver con él, el propio Gingrich. Aguanta mal la presión de los focos. Toda su vida política es una sucesión de sorprendentes triunfos y clamorosos fracasos. Cuando a principios de diciembre pasado se situó al frente de las encuestas, apenas aguantó un par de semanas el escrutinio de la prensa antes de hundirse de nuevo.
Ahora se le ve más sólido. Ha construido un mensaje muy populista pero del gusto de los votantes conservadores: el discurso del gran cambio. “Yo no estoy conduciendo una campaña republicana más, yo estoy conduciendo una campaña para la transformación de Washington”, repite estos días. El conservadurismo que hoy domina el Partido Republicano es ambicioso y revolucionario. No se conforma con una victoria y un cambio cosmético. No se conforma con las prudentes reformas que anuncia Romney. Quiere asaltar la Bastilla, busca a un líder al que no le tiemble el pulso para derribar los muros de la política tradicional.

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